27 DE DICIEMBRE DE 2026

La San Silvestre comenzaba entre flashes, relojes inteligentes y zapatillas recién estrenadas. De fondo, un eco uniforme marcaba el compás de una generación: “hay que ser productivos”.

A mi alrededor, todos hablaban del nuevo algoritmo que volvía cada pisada más eficiente.

Sonó el pistoletazo y salieron disparados, sincronizados como máquinas. Yo, sin reloj ni auriculares, me quedé atrás. Escuchaba crujir cada piedra del puente romano bajo mis pasos, y mi respiración, libre de métricas.

Cuando crucé la línea de meta, algo no encajaba: nadie más aparecía. Me giré, y a lo lejos los vi… todos seguían corriendo, atrapados dentro de una rueda gigante. Competían por el ritmo perfecto, que jamás parecía detenerse.

El juez se acercó, desconcertado:
– Has ganado.

Yo solo sonreí. No corrí más rápido. Solo salí de la rueda.