El corredor
Las gradas repletas y el sudor como manantial humedeciéndome el cuerpo. Casi era un veterano del atletismo. Los cien metros, los mil, las carreras con relevo… no debÃan preocuparme. Sin embargo, el cosquilleo en el estómago permanecÃa, mis ojos buscaban el punto en el cielo desde donde Zeus observaba con ceño fruncido. Andrea también me miraba alegre e inquieta desde el gentÃo aunque no la viese. Ella preferÃa permanecer en el anonimato a ser vÃctima de los ataques periodÃsticos, acostumbrados a hurgar en la intimidad de las parejas. El nerviosismo crecÃa a cada segundo, aunque conocÃa mi objetivo: correr, correr, correr por la pista con las piernas ligeras y los movimientos precisos, el torso hacia delante. Los consejos del entrenador resonaron al inicio de la carrera, en ese instante divisé a mi Andrea: estaba al final de la pista, esperándome con los brazos abiertos.