27 DE DICIEMBRE DE 2026

El accidente no me mató, pero me quitó las ganas de vivir. Cuando desperté en el hospital, dos semanas después del choque con aquel camión, no recordaba nada. Y cuando me ví sin brazos quise con todas mis fuerzas que todo fuera un mal sueño. Los médicos me decían que había tenido suerte de no haber muerto, yo no lo veía así. Insistían en que con rehabilitación y mucho esfuerzo podría llegar a tener una vida normal. ¿Una vida normal? ¿Acaso un manco podía tener una vida normal? Fue en esos momentos de negación cuando conocí a Mar. Una enfermera encargada de llevar mi rehabilitación, que me hizo ver que no tenía brazos, pero sí piernas y vida, y no necesitaba nada más para conseguir lo que quisiera. Cuando me inscribió un año después para correr la San Silvestre creí que bromeaba. Al llegar a la meta me abrazó. Normal.