El cronómetro se puso en marcha. Se puso a medir la carrera contra el tiempo, se puso a medir el paso de la vida.
Correr siempre habÃa sido el paradigma de mi existencia. Pero esta carrera tenÃa algo especial. HabÃa vivido mucho tiempo fuera de mi tierra. Estaba en casa.
Mientras procuraba mantener el ritmo de las zancadas apareció un niño que iba a la Plaza Mayor con los amigos, después la chica con quien quedaba en la Casa de las Conchas, a continuación el Alma Mater que nos sigue nutriendo y la Catedral donde juré amor eterno.
Con el pensamiento en la meta. De repente un anciano corredor, con mi misma respiración, con mi mismo latido, con mi mismo yo, se puso a mi altura y me miró fijamente a los ojos. Entonces me vi en un espejo. Todo ocurrió en treinta minutos y nueve segundos.