El muro era infranqueable y la concertina que lo coronaba insuperable. Aquel campo de concentración se habÃa llevado por delante las ansias de libertad de muchos compañeros de cautiverio quienes, desesperados, habÃan tratado de escapar.
Recuerdo a un muchacho que corrÃa por el interior del recinto cada mañana. Con la naturaleza como adversaria los tendones sufrÃan bajo la piel, los músculos se manifestaban con desgarros silenciosos y las ampollas pasaban a convertirse en la menor de sus preocupaciones. CorrÃa sin cesar, espantando el dolor a cada zancada.
Una tarde desapareció sin decir adiós. Probablemente rumbo a la chimenea donde la las llamas darÃan buena cuenta de su cuerpo hasta convertirlo en cenizas. Más adelante, nos enteramos de que logró fugarse.
Años más tarde, disfrutaba de la lectura de un periódico deportivo donde logré identificar una fotografÃa. Indiscutiblemente era él… el joven corredor, habÃa ganado la San Silvestre Salmantina.