Hace mucho tiempo me deshice de todas mis pertenencias. Y hasta habrÃa mudado la piel, los ojos, los huesos, y acribillado todos los recuerdos.
Dejé atrás una habitación, un balcón sin geranios, una calle, una oficina, siete semáforos en rojo, una rutina oxidada y una vida; y hasta me olvidé de mi mismo. Me perdÃ.
Recorrà las montañas de Zhangye Danxia, el Salar de Uyuni, el Delta de Okavango, el Monte Tianzi… Pero nunca me hallé.
Fue casual. Mis primeras zapatillas, verdes; un alegre trotar bajo un cielo embarrado de un frÃo diciembre, que cortaba las mejillas como un bisturÃ, con rumor de villancicos y aroma de Chanfaina. Y después de tantos paisajes y andenes vacÃos, allà estaba; sobre las piedras que cruzan el Tormes, clavándome las pupilas, en la silueta confusa del agua. Me encontré.
Y desde entonces ya no he podido parar de correr.