En la treinta y cinco edición de la San Silvestre Salmantina tuve una misión que cumplir. Salà de los últimos de San Antonio, éramos muchos, todos humanos salvo yo.
Salamanca es un gran rincón del universo, su historia, su gente, sus tapas… En estas fechas subirÃa la temperatura, pero tengo la responsabilidad de no modificar según qué cosas.
Ya en el Paseo de Canalejas adelanté a mucha gente disfrazada, en el Puente Romano corrà junto a abuelos llenos de vitalidad, en Libreros me pasó una corredora invidente con su guÃa y fue en Rúa Antigua cuando me puse a la altura de mi misión.
Los terrÃcolas son asombrosos, cierto que a veces dan ganas de exterminarlos, pero otras lamento no poder ayudarles más. Vega estaba a punto de abandonarlo todo, solo tuve que sonreÃrla. Fue suficiente para que ella llegara al final.
Será su primera victoria de muchas.