27 DE DICIEMBRE DE 2026

Aún pervive en nuestro recuerdo la emoción del bueno de Juan cuando nos propuso apuntarnos a la San Silvestre de aquel año, un entusiasmo que desapareció de su rostro al cruzar la meta el último de nuestro grupo de amigos. Tras el decepcionante debut, decidió prepararse a conciencia visitando a diario cuantas iglesias podía ―hay una vasta oferta en Salamanca― para pedirle a San Silvestre que le diera fuerzas. Como todavía no tenía carné, iba corriendo de una a otra sin importar el calor, la lluvia o el frío. Al año siguiente nos ganó a todos. Convencido de que el santo era el único responsable de su logro, mantuvo el ritual diario hasta convertirse en una firme promesa del atletismo salmantino, y llegaron las ofertas para hacerse profesional; pero el bueno de Juan ya había decidido cambiar las zapatillas y la camiseta por las sandalias y el hábito.