Corría por el parque entrenándose para la próxima carrera popular. Se sentía especialmente fuerte aquel día. Fue entonces cuando un hombre con aspecto de octogenario le pasó por la derecha, ¿Cómo es posible?, pensó antes de apretar el ritmo sin lograr acortar distancias. Llegó a esprintar; ni siquiera se acercó. Estupefacto y humillado, se paró a mojarse la cabeza en la fuente y fue entonces cuando le vio de cerca; el anciano pasó a su lado a gran velocidad. Encorajinado, volvió a salir detrás de él. Le persiguió el resto de la mañana y de la tarde. Siguió corriendo ignorando que sus piernas chorreaban acido láctico. Continuó a pesar del agotamiento extremo. El empleado del parque, un viejo conocido, le saludó al pasar; no le contestó, ni se paró a charlar un rato como hacía siempre. Tenía que darle alcance. No volvería a parar por nada del mundo.