Salió de casa con veinte minutos de retraso y echó a correr. Al doblar la esquina, cientos de personas corrían también en la misma dirección. ¡Qué ciudad tan comprometida con la puntualidad!
Había ancianas, niños, gente disfrazada e incluso algunos parecían disfrutar. Unos volaban; otros se quedaban rezagados, rojos como tomates, sin aire. Un señor le ofreció agua. No tenía tiempo para tonterías.
Apretó el paso y consiguió adelantar a toda aquella marabunta. Al llegar a la plaza, exhausto, se detuvo para recuperar el aliento. Una chica con una libreta se acercó y le pidió el dorsal para incluirlo en la clasificación.
Él la miró, desconcertado.
—¿Qué dorsal? ¡Si yo llego tarde a trabajar!
Aquel año, el ganador de la San Silvestre Salmantina no subió al podio. Tenía que fichar.