La víspera, dobló con cuidado su camiseta y colocó el dorsal 307 encima, como cada año. La dejó en la silla del salón, frente a la ventana.
A la mañana siguiente, salió solo.
No corrió rápido, tampoco lento. Fue al ritmo de siempre, como si ella aún marcara el paso con esa forma tan suya de reír entre jadeos. Pasó por el puente, el giro del paseo, la curva donde siempre se picaban con el del gorro navideño.
Cuando cruzó la meta, sintió que no terminaba la carrera, sino el año.
Después, en casa, colgó su medalla junto a las demás. Y le habló en voz baja, como si pudiera oírle:
—Otro diciembre, ¿eh? He llegado.