Juan Cruz había apostado a que le tocaría el 7007; si acertaba, debía correr en sandalias. Cuando recibió el dorsal, encontró en su simetría la ironía que da fama al universo.
Al primer paso en la avenida, la tira de cuero se cortó. A cada zancada, el extremo suelto le golpeaba el talón como una flecha que le abría la piel de la superstición. Se apretó la herida y siguió; la sangre le manchó los dedos. El ardor borró el bullicio. Los edificios parecieron apartarse; la ciudad se abrió en un baldío resplandeciente: el río. Cerca de la meta, el pie lastimado cedió. Un desconocido lo sostuvo del brazo y lo arrastró hasta el final. Agotado, Juan Cruz se limpió la mano en el pecho: la sangre desfiguró el 7007. El desconocido ignoraba la apuesta; le bastó verlo caer.