El abuelo corría con dos dorsales.

El viejo estaba amarillento y tenía treinta y ocho años. El nuevo aún olía a tinta.

—¿Por qué llevas los dos? —preguntó Claudia antes de la salida.

Él se encogió de hombros.

—Por costumbre.

Claudia tenía siete años y cien metros le parecían una distancia pequeña.

Durante la San Silvestre, el abuelo avanzó despacio entre aplausos, zapatillas, respiraciones y campanas. Al cruzar la meta, no levantó los brazos.

Buscó a Claudia.

Se agachó, desprendió el dorsal viejo y se lo prendió en el abrigo.

—Ahora es tuyo.

—Pero tiene tu número.

—Ya aprenderá el tuyo.

Claudia pasó un dedo por el papel gastado.

—¿Y qué hago con él?

El abuelo señaló hacia atrás, donde aún seguían saliendo corredores.

—Lo mismo que hice yo.

Claudia miró la meta. Después miró la salida.

El dorsal le quedaba todavía demasiado grande para su pecho.

Echó a correr.

27 DE DICIEMBRE DE 2026