27 DE DICIEMBRE DE 2026

Ahí estaba mamá, junto a la línea de meta, esperándome con los brazos abiertos. Cuanto más corría, el cansancio la hacía desvanecerse, como un espejismo. Estaba a punto de tocarla, pero cada paso la alejaba. Recordé su voz, la última vez que la oí: “Siempre estaré contigo, aunque no me veas”.

Corría con el alma desgarrada, deseando que este esfuerzo me devolviera lo irrecuperable. Al cruzar la meta, la verdad me golpeó: nunca podría volver a tocarla. Sin embargo, su amor, ese amor indestructible, viviría en cada latido de mi zancada.