El frío de Salamanca muerde, pero mi bufanda roja es un amuleto contra el miedo. No corro por metal, sino para adelantar la fecha. Cada zancada en el empedrado es un año que le gano a la ausencia, a la deuda que la vida cobró. En el kilómetro final, el cronómetro ya no marca segundos; marca recuerdos. Escucho la risa de mi hija sobre el aliento ronco de la multitud. La San Silvestre no es una carrera de diez mil metros, es una máquina del tiempo que me permite, por un instante, volver a coincidir con quien ya no está. Cruzo la meta. No gané el premio, pero he renovado mi ritual. He ganado un año más de su eco en mi alma.