Tardó varios kilómetros en darse cuenta de que le seguÃa. Nada extraño a priori teniendo en cuenta que se trataba de la San Silvestre. Pero habÃa constatado que, si aceleraba el paso, aquel también y si lo reducida, el otro hacÃa lo propio. No importaba el ritmo que imprimiese pues se mantenÃa pegado a sus talones. En un momento dado de la carrera, le pareció que su perseguidor se inclinaba hacia delante, como si estuviera a punto de trastabillar y darse de bruces contra el suelo. Pero para su sorpresa, no cayó, sino que, apoyado también en sus manos, continuó corriendo como si tal cosa. El miedo le sobrevino cuando poco antes de la llegada, pudo escuchar con total nitidez unos ladridos. Ya no quedaba duda alguna, habÃa sido elegido como liebre.