El dÃa de San Esteban me crucé con un fraile dominico, lo cual, revivió mi pasión por alcanzar la meta de una ciudad. Aquella que, estaba situada lejos de mÃ, pero que pronto serÃa el logro de mi vida. Porque habÃa llegado a Salamanca desde las postrimerÃas de una ciudad que no me decÃa nada. Ni tan siquiera las virtudes de sus múltiples defectos. Es decir, habÃa llegado a Salamanca con la sana intención de limpiar un nombre gracias a la labor de su carrera anual.
AsÃ, sin detenerme a realizar vagas reflexiones de encuentros casuales, empapé el sudor interno de la pasión y, comencé a entrenar. Nada ni nadie me importunaba, todo lo contrario, la afinidad compartida era tal que todo parecÃa indicar que, por una vez, al final, iba a conseguir participar en una carrera en la que, mi pequeña intervención, serÃa mi remisión absoluta.