Colocó el dorsal con mimo. Miró por la ventana, llovía. Hoy era su día. Después de mucho sacrifico por fin llegó la hora de ganar. Se ató las zapatillas. La lluvia seguía cayendo inundando de pequeños espejos el recorrido y recordó aquella primera vez. Él miraba los charcos y estos devolvían la imagen de cientos de pisadas .Su madre le sujetaba una mano y con la otra chocaba la de los corredores. Después de mucho esperar pasó su padre, se paró y le dio un beso. Entonces no entendía como seguía corriendo si nunca ganaba. Su padre no había faltado a ninguna de las treinta carreras anteriores y ésta menos, su hijo era serio candidato a ganarla. Esta fiebre se la debía a él, siempre creyó que podría lograrlo, más que él mismo, entonces surgió la idea. “Hola papá, ¿permites que te acompañe?”. Un abrazo, un beso y a correr.