Al salir al Paseo del Rollo desde la Plaza del Alto, la aglomeración de gente me ha hecho anticipar la imagen de la meta, si bien es cierto que se oculta tras el edificio que hace esquina con la calle Campoamor. Pero mientras fuerzo la vista, desgastada por las numerosas lecturas, en aquella dirección, me confunde una silueta que no sitúo entre el público, sino ante mí.
Intento limpiarme el sudor, distinguirla. Juraría que nadie me había adelantado: me desgasté dejando tras de mí la distancia suficiente como para afrontar este tramo con comodidad. “Un poco más”, me digo. Y ese otro que me impulsa parece conformarse, hasta que surge el tercero, que se impone: “¡Un poco más!”.
Exhausto, llego primero a la meta. Me doy vuelta para felicitar al segundo en carrera: es el fantasma que pude haber sido de no haber creído en mí mismo.