27 DE DICIEMBRE DE 2026

Notaba los hombros hundidos, avanzaba sin mirar casi donde pisaba y se sentía morir en cada zancada. Quedaba medio kilómetro para terminar, pero cada metro suponía el mayor de los esfuerzos. El sudor le empapaba la espalda y solo podía seguir corriendo.

Aquella mañana, al agacharse para abrocharse las zapatillas, había notado los músculos entumecidos. Consiguió erguirse apoyándose en la cama, pero no dudó en presentarse en la salida. Correría la San Silvestre, igual que hacía cuando su padre aún vivía.
Se miró de reojo en el espejo, temiendo no reconocerse. Habían pasado siete meses. Ahora quedaban recuerdos difusos y aquella cicatriz.

El frío le oprimía los oídos, haciendo más duro seguir. Lo peor, las rodillas.
Pero iba a conseguirlo. Veía la meta, solo tenía que aguantar un poco más.

Estaba eufórico. Lleno de energía. Vivo.

Casi desmayado, terminó la carrera. Ya no necesitaría aquella maldita silla de ruedas.