Muchos años después, Alfonso Ortega, envecejido, risueño y nostálgico, regresó a la que siempre había sido su ciudad, Salamanca, a las calles que habían imprimido una huella indeleble, imborrable, en su memoria, y que ahora recorría de nuevo, feliz y agotado, sintiendo su cuerpo exultante y sudoroso. Un hombre que corre, el alma desplegándose a cada paso, recobrando el tiempo. Una leve brisa acariciaba su frente perlada de sudor, la luz vibraba en las fachadas de los edificios y reverbera en los árboles. La meta ya estaba cerca. Al final del trayecto, un niño vagamente parecido a él, un niño de rodillas ensangrentadas y mirada clara, le aplaudía y animaba.