“¡Carajo!, ¿cómo pudiste extraviarlas, Gabriel?â€, le recriminó su padre, histérico, recordándole cada cinco minutos el dineral que habÃan costado.
Llamaron a la puerta. Gabriel abrió. Un joven de rostro sudoroso y enrojecido le saludó efusivamente… Acababa de ganar la carrera en categorÃa Juvenil masculino, una de las tantas que conforman “La San Silvestre Salmantinaâ€. Quiso compartir su premio con Gabriel como muestra de gratitud, pero este amablemente desistió, dejando entrever su admirable bondad.
Las zapatillas deportivas que Gabriel habÃa comprado para estrenarlas en aquel evento multitudinario, y que luego juró haber extraviado, en realidad se las habÃa regalado al otro mozalbete. Ahora el humilde muchacho podrÃa alardear de su triunfo en el orfanato… y también de las zapatillas que jamás habÃa tenido.
Ese dÃa, Salamanca abrigó bajo su cielo a un verdadero campeón.