Calambres en piernas. Apenas veo. Los corredores me sobrepasan mientras mi cerebro da bandazos. Unas manos me agarran. Busco apoyo en su hombro. No reconozco su rostro. Estoy hundido, me siento morir, pero él me grita y señala la meta. Puedes hacerlo, insiste. Son metros, distancia que veo eterna. Otro corredor se para, me aferra del costado. Ambos me llevan en volandas. Yo en el centro. Se oyen aplausos cada vez más alto. Sombras dibujadas ante mis ojos. Más corredores me sobrepasan… el tiempo corre… pero mis dos nuevos amigos no me abandonan, me animan. Uno me dice, estos aplausos son tuyos. ¿MÃos? Ni siquiera veo al público. Todo está borroso. Sin embargo, mis piernas encuentran fuerzas, no sé de dónde las saco.
En la meta, desplomado, no puedo ni hablar. Me encantarÃa decirles a ambos: Gracias, los aplausos no son para mÃ, son para vosotros. Vuestro gesto y sacrificio.