27 DE DICIEMBRE DE 2026

Rodolfo corría para que el minúsculo satélite a miles de kilómetros certificara, con decimales irrefutables, que era un 0.03% mejor que el año anterior. La vida era eso: una constante, patética mejora marginal.
El Garming parpadeaba, su verdadera némesis no era la cuesta de la Gran Vía, sino el tiempo por kilómetro.
En el kilómetro siete, el reloj se quedó en blanco. Muerte tecnológica. Sin batería.
Rodolfo se detuvo. Los corredores lo esquivaron. El pulso, el tiempo transcurrido, la distancia recorrida, todo se había evaporado. Su carrera no había existido. El esfuerzo, la agonía, las once semanas de sacrificio, eran ahora una mera sensación subjetiva, una anécdota sin verificación.
Se le acercó un voluntario con un vaso de agua.
—Venga, que ya no queda nada.
Rodolfo, sudoroso, miró a la multitud que seguía corriendo, indiferente a su naufragio digital. Supo entonces la verdad: quod natura non dat salmantica non præstat.