«Corramos la San Silvestre», me propuso en la segunda cita. Inteligente, bella, deportista… apenas nos conocÃamos, pero ya me tenÃa enamorado y acepté, pese a que no habÃa corrido en mi vida.
Justo por la plaza de España, una vocecilla empezó a martillearme la cabeza: «¿por qué no le dijiste que mejor una cerveza?». Qué mal lo pasé, hubiera abandonado si no llega a ser por su empeño; me daba ánimos, me esperaba… me dio fuerzas para continuar. Pasado el Puente Romano, empecé a creérmelo; el público entregado, el ambiente, los disfraces… la carrera era una fiesta que no me querÃa perder.
En el mismo paseo de San Antonio llegó la apoteosis. Con una enorme sonrisa, me cogió de la mano para cruzar juntos y entonces, embriagado de emoción, lo hice: esprinté para llegar por delante, brazos en alto, haciendo el signo de la victoria. Nunca más supe de ella.