Tras meses de exhaustivo entrenamiento, ya solo faltaban dos noches y un dÃa para la San Silvestre. Y ahà estaban los mÃos para ayudarme a estar relajada. Los ronquidos de Juan, estridentes como pocas veces, las pesadillas de la pequeña, Los ladridos de Connor (tener gatos en celo en el vecindario le desbarata), la emisora de radio que escucha mi padre para conciliar el sueño, al volumen necesario para hacerlo sin audÃfonos, y la llamada del mayor, a las cuatro de la madrugada, para decir que su coche no arrancaba, consiguieron que ayer cayese redonda a las ocho de la tarde, que haya dormido esta última noche del tirón, y que ahora, espere la salida en este cajón más fresca que un pimpollo, ilusionada con brindarles, si ya no una victoria, soy optimista pero no tanto, sà una llegada a la lÃnea de meta aunque sea con la lengua fuera.