En plena subida, las piernas pesan y el aliento falta. El frío se cuela entre los huesos, el corazón late con fuerza, y la meta parece un espejismo. Pero entonces, llegan ellos. La voz de su madre en su primera carrera escolar. La risa de su hija al verlo calzarse las zapatillas. El abrazo de aquel amigo que ya no está. No corre solo, corre con todos ellos.
Cuando el cuerpo dice basta, el alma toma el relevo. Ya no sube una cuesta, asciende por los recuerdos que lo empujan.
El kilómetro que no se ve es el que más se siente. Y aunque no lo parezca, sonríe. Porque sabe que sin ganar ya ha ganado.