27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cuando el dolor me alcanza, me disuelvo en claustros donde el tiempo se arrodilla. Pero aquel diciembre decidí correr la San Silvestre. Circulaba el rumor de que Salamanca, ese día, abría sus venas bajo los pies, y quien la trotaba sangraba un poco, pero volvía distinto. En el kilómetro 9, caí. El pavimento se cerró en abrazo. Parecía que la ciudad me tragaba para devolverme distinta. Desde el suelo, veía trotar espectros sudados que arrastraban el año como un animal de luz desollado. Entonces la escuché. Mi madre, que habita el aire desde hace años, brotó del temblor de la tierra como una raíz que canta. No dijo “levántate”: me invocó, como si llamara a Lázaro desde el polvo. Me incorporé. La ciudad respiraba por mis pasos, y crucé la meta con su voz convertida en tatuaje. Desde entonces, corro para renacer. Y por el kilómetro que no existe.