El frío cortaba, pero la calle estaba viva. Un mar de camisetas inocentes llenas de esperanza, monigotes y dorsales latía al unísono. Salamanca brillaba, más dorada que nunca. Yo, entre la multitud, buscaba el recuerdo de mi abuelo. Él ya no estaba en la línea de salida, con su viejo chándal y su sonrisa ancha, pero su espíritu empujaba cada zancada.
El asfalto resonaba al ritmo de miles de pisadas. No era una competición, sino un rito. Un pulso de humanidad en un mundo de pantallas. El sudor era el mismo, el esfuerzo idéntico, la camaradería que convierte a extraños en compañeros de viaje durante diez mil metros.
Al doblar la última curva, jadeante, lo sentí correr a mi lado. No era un adiós, era una promesa. Mientras la San Silvestre siga latiendo, él estará aquí, en cada respiro, en cada paso que une a un pueblo. Siempre.