Salamanca era el lugar, la San Silvestre para disfrutar y un lechón el premio a saborear. Desde que lanzó su apuesta y su cuñada Blanca le dio cumplida respuesta, sólo vivía para conseguir la gesta. Al empezar a entrenar comprobó que los cuarenta no son los treinta y que tampoco ayudaba mucho la parienta. Los días pasaban, los entrenos se alargaban y sus tiempos se acortaban, la meta imposible empezaba a divisarse asequible. Más de ochenta mañanas de dietas espartanas pero tras doce semanas con zapatillas todo iba a las mil maravillas. Llegó el gran día. Bajó las escaleras de casa con la velocidad de un niño en Navidad y fue entonces cuando se produjo la fatalidad. Un resbalón le dejó sin su merecido lechón. Blanca lo saboreaba mientras le mirada sin saber que, en realidad, él se sentía como el verdadero campeón.