Entonces me pesaba tanto el alma, que podrÃa decirse que padecÃa «lastimosidad mórbida». Con suerte lograba dar unos pocos pasos arrastrando los pies. Eso, si conseguÃa levantarme.
Aquella mañana, a la altura del Paseo de San Antonio, me invadió una suerte de euforia indescriptible. Algo prendió dentro de mÃ. Algo rugiente y poderoso que me impulsó a correr desatada.
A cada zancada se iban desprendiendo, primero, la capa externa, la más gruesa. Luego le siguieron todas las demás. Llegué a sentir tal ligereza, que os juro que mis pies despegaron del suelo. Volé.
Por supuesto, a pesar de alcanzar el primer puesto, fui descalificada por carecer de dorsal y culminar en paños menores.
Poco importa. El caso es que se obró el milagro: el milagro de San Silvestre.
Desde entonces, no hay meta que se me resista.