Cuando se despertó, el dinosaurio ya se habÃa marchado a correr. Entonces pensó en que la diferencia entre los dioses olÃmpicos y los simples humanos era nuestra mortalidad. Se puso las zapatillas, estiró los brazos y sintió unas ganas horribles de sumergirse de nuevo entre las sábanas. Quién le mandarÃa levantarse tan temprano, tampoco podrÃa volverse a dormir. Echó de menos al dinosaurio, como quién echa de menos una excusa para remolonear.
Mientras bebÃa sorbitos el café, aterrizó en la pregunta clave: cuáles eran las contingencias vitales que le habÃan ocurrido al dinosaurio para disfrutar con aquel sufrimiento. La respuesta estaba en la ausencia del café en la taza, de la pereza en la tentación y, en última instancia, del miedo a que esa diferencia entre los dioses olÃmpicos y el dinosaurio existiera más allá del presente. Fue en ese momento cuando decidió que ese año se disfrazarÃa de dinosauria.