27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cuando se despertó, el dinosaurio ya se había marchado a correr. Entonces pensó en que la diferencia entre los dioses olímpicos y los simples humanos era nuestra mortalidad. Se puso las zapatillas, estiró los brazos y sintió unas ganas horribles de sumergirse de nuevo entre las sábanas. Quién le mandaría levantarse tan temprano, tampoco podría volverse a dormir. Echó de menos al dinosaurio, como quién echa de menos una excusa para remolonear.
Mientras bebía sorbitos el café, aterrizó en la pregunta clave: cuáles eran las contingencias vitales que le habían ocurrido al dinosaurio para disfrutar con aquel sufrimiento. La respuesta estaba en la ausencia del café en la taza, de la pereza en la tentación y, en última instancia, del miedo a que esa diferencia entre los dioses olímpicos y el dinosaurio existiera más allá del presente. Fue en ese momento cuando decidió que ese año se disfrazaría de dinosauria.