Soy el niño de las llegadas. Todos los años no hago más que esperar la carrera del pueblo y pedaleo mi bicicleta de fierro hasta la lÃnea de meta. Allà me siento con las piernas cruzadas y la cara entre las manos y me aburro mientras espero a los corredores. Y cuando los veo venir a lo lejos estallo de felicidad y chillo:
– ¡Viva!, ¡pero qué rápido es usted señor!, ¡que formidable carrera la suya! Les grito mientras agito los brazos y me siento contento de ser el niño de las llegadas.
Asà sigo por un rato hasta que me canso de tanto alentar y entonces vuelvo a casa montado en mi bicicleta, me voy a dormir y sueño que soy el niño de las llegadas y me voy por ahà a gritar y a mover los brazos y a veces a pedalear en mi bicicleta de fierro…