Él era un chico normal, con sus manías y obsesiones, pero tenía el privilegio de correr durante mucho tiempo sin llegar a cansarse y estaba dispuesto a aprovecharlo.
Sus pasos le habían llevado a bajar de los treinta minutos en diez kilómetros pero no en su casa, Salamanca y la “imponente” San Silvestre Salmantina.
El último domingo del año se propuso conquistar los adoquines, cuestas y desniveles de aquella universitaria urbe, y devolver a un atleta local a lo más alto del podio.
Aquel día amaneció frío y nublado pero… ¿Cuál es el precio de nuestros sueños?
Con el inicio, las piernas querían más, pero después de luchar contra su cabeza, los peores presagios se confirmaron y el Paseo de San Antonio dictó sentencia: Fue devorado por sus propios fantasmas.
El alma del joven y su objetivo se hundieron en la oscuridad.
¿Volverá la luz a encenderse el veintiocho?