Llevaba toda la vida soportando que tuviese razón. Siempre. Una vez tras otra. Además, alardeaba de ello. Y me espetaba, altivamente, un “te lo dijeâ€. Y aquellas palabras perforaban mi cabeza y rebotaban entre mis sienes. MaldecÃa que nunca se equivocara. Y todo me salÃa mal: trabajo, amor, proyectos…; cualquier cosa que me hubiese desaconsejado, prediciéndolo como un oráculo.
Esa mañana, cuando me anudaba las zapatillas para correr la San Silvestre, me anunció que tendrÃa un papel protagonista.
Corrà como nunca. Encarando el arco de meta luchaba por ganar… y recordé sus palabras. Me distraje, pisé mal y caà a plomo sobre el asfalto. Quedé tendido mientras una veintena de corredores me adelantaban. Con la clavÃcula fuera, y la boca ensangrentada, reà satisfecho. ¡HabÃa fallado su pronóstico! Mientras un remolino de gente se formaba a mi alrededor y era el foco de atención, yo, seguÃa riendo como un loco.