Enarbolaba sus sólidos argumentos ante un auditorio hipnotizado frente a la sutil ilación de sus ideas. Se veÃa que ya no dudaba. Sus ojos brillaban en cada frase, sus silencios desbordaban de intenciones y gestos que todo el mundo entendÃa. Era tal el sortilegio que hubiera podido pedir cualquier cosa.
Cuando concluyó, un joven que lo seguÃa con atención, le hizo una sola pregunta. El orador lo miró con el entrecejo fruncido, sudó, observó el entorno. La expectativa de su respuesta llenaba un silencio que lo apuntaba con su dedo firme. Se aflojó la corbata, tuvo una leve convulsión y cayó desmayado. El estupor del auditorio modeló un nuevo silencio dudoso y nuevas certezas que iban y venÃan por el aire.
Al dÃa siguiente, el orador murió sin haber dudado una sola vez de todo lo que habÃa afirmado con tanta seguridad.