Si Constantino levantara la cabeza no creería la afrenta a la que se sometió su entonces obispo de Roma. En pleno siglo IV, disfrazado de cazador, Silvestre partió hacia España y, escondido en un carruaje tirado por caballos, descubrió la bella ciudad Helmántica, la tierra de adivinación.
Nada pudo detenerle tratando de alcanzar la imagen del verraco que en sueños se le aparecía. Recorrió la ciudad entera, desde el empedrado que hoy ocupa el actual Paseo de San Antonio hasta el bello puente romano, pasando por la calle del Pozo, la de San Juan y parte de la actual Plaza Mayor. Corrió y corrió hasta caer exhausto al final del recorrido.
Dicen las lenguas ancianas que todo sucedió un 31 de diciembre y que, desde entonces, el pueblo quiso conmemorar cada final de año la hazaña llevada a cabo por aquel loco incomprendido; San Silvestre Salmantina la llamaron.