Y corrí, como habría deseado hacer San Silvestre frente a Tarquino Perpena antes de librarse de su aciago destino. Corrí como si quedasen treinta segundos para la entrada del año y no pudiera encontrar un campanario, con las uvas en la mano. Corrí sin saber muy bien hacia dónde me dirigía, pero rezando por que el destino fuese mejor que el punto de partida. Corrí hasta quedarme sin aliento, pero aun así no detuve la carrera, porque me era imposible escapar de mi perseguidor: mi propia conciencia.