27 DE DICIEMBRE DE 2026

—Papá, ¿y si no puedo? —me dice acariciando el dorsal de su pecho con las manos temblorosas.
—Lo haremos juntos —respondo—. La San Silvestre no se corre solo con las piernas, se corre con el corazón.
Empezamos despacio. Sus pasos son torpes e inseguros. Es pequeño y frágil, pero cada metro es una conquista, un intento de dejar su enfermedad atrás; yo aprieto su mano como si juntos pudiéramos con todo. En cada calle la gente nos envuelve: alguien le choca la mano, alguien grita “¡Vamos campeón!” como si le conocieran de toda la vida. Él sonríe, aunque el esfuerzo le arranca las lágrimas.
Al llegar al Paseo de San Antonio, la multitud explota en aplausos.
—Papá, ¡he ganado!
No lo corrijo. No le hablo de posiciones ni tiempos. Ha vencido al dolor, al miedo y a los límites. Le abrazo fuerte: —Lo lograste.