Comencé a correr al dÃa siguiente de verte a ti participar en la San Silvestre y percibir una ligera sonrisa en tu rostro, tan triste desde que nos conocimos. Nadie creÃa que lo consiguiera. Y se apiadaban de mà al verme pasar por las calles, incansable, tarde tras tarde, bajo el sol, la lluvia, el frÃo. QuerÃa que me vieras con el dorsal, sudoroso, esforzándome por llegar a la meta, y me sonrieras, tranquila. Luego me enteré de que te marchaste precipitadamente de Salamanca y ni siquiera pudimos despedirnos. Estuvieras donde estuvieras, tenÃa que encontrarte… para decirte que no desistà en mi empeño, y participé en la carrera. Sé que te hubieras sentido orgullosa de mà al oÃr los aplausos y los gritos de ánimo, los mismos que cuando salà del hospital, tullido y malherido cuando arrollaste con tu coche mi bicicleta.