El huevo me miraba resignado, hacía todo lo posible para verme contenta: me hacía guiños, saltaba encima del estropajo como si fuera una cama elástica, rodaba por la encimera creyendo que estaba en una pista de hielo; un sinfín de piruetas para verme sonreír.
Sentí una extraña felicidad al recordar las tortillas de mi abuela: un arsenal de cáscaras de huevo en el “pollo de la cocina” -como se decía en su pueblo- con artrosis incluida y como una malabarista de éxito, cogía la sartén por el mango, peso de halterofilia y sin más le daba la vuelta a la tortilla.
El huevo y yo, nos miramos. Le sonreí y le dije: ¿Probamos?
Él sin más se desnudó y se tiró a la sartén imaginando que era un campeón de natación olímpica.
Disfruté de ese desayuno como una niña y la nieta que fui.