Salen como las estampidas de bisontes que aparecÃan en las pelÃculas de indios que veÃa junto a su padre. Después cada uno empieza a buscar su ritmo, a concentrarse, y él lo logra, incluso su ausencia parece no hacerle ya tanto daño. Pasan el tiempo, las calles y los dorsales, y el cansancio sigue anestesiándolo. Más allá, cuando el aumento de público y los gritos de ánimo crecen, cree oÃrle susurrar en su oÃdo y encuentra un resto de fuerzas en donde no habÃa nada. Ve la meta, la cruza exhausto y se deja caer en el suelo, agotado; y llora, llora como no habÃa podido hacer hasta ese instante, por el entrenador perdido, por el amigo, por el padre, por la promesa cumplida y también, por primera vez, se siente sonreÃr debajo de todas esas lágrimas.