Al llegar a casa, después de aquella larga carrera, noté la puerta entreabierta. JurarÃa haberla cerrado al salir para la San Silvestre, pero el cansancio me hizo ignorar esa advertencia. Entré y cerré despacio, y un susurro rompió el silencio:
—Bienvenido a casa…
Me quedé quieto, intentando procesar el sonido, convenciéndome de que era fruto de mi agotamiento. Avancé hacia el pasillo y busqué el interruptor, pero la bombilla parpadeaba, lanzando sombras por todas partes. Escuché pasos arrastrándose detrás de mÃ. Me giré bruscamente, pero el corredor estaba vacÃo.
Mi pulso se aceleró. Sentà más adrenalina que en la lÃnea de meta. Decidà entrar a la habitación, cerrar con llave y esperar que el silencio me devolviera la calma. Pero los susurros persistieron, cada vez más cerca.
Sin pensarlo, corrà hacia la entrada. Mi corazón se detuvo: la puerta estaba abierta de par en par. Y un susurro familiar me recibió:
—Bienvenido a casa…