27 DE DICIEMBRE DE 2026

Mi padre siempre descuidó su salud hasta que resultó tarde.

Tendría yo unos doce años cuando, por primera vez, me intentó convencer para correr con él en la San Silvestre.

–Será un buen regalo –murmuró.

Accedí a cambio de un premio, ese año y los tres siguientes.

Nos distanciamos al llegar mi adolescencia y ambos dejamos de correr.

Me hice mayor y no tardé en marcharme de casa. Mi padre falleció poco después.

Hoy soy yo el padre y reconozco que no pasamos apenas tiempo con nuestro hijo, que ahora tiene ocho años.

Por la calle encontré un cartel de la carrera de este año, y decidí hacer una propuesta.

–¿Por qué no la corremos los tres juntos? –Accedieron ilusionados.

Hoy fue la carrera.

Miré a mi pequeño, corriendo delante de mí, me trajo recuerdos.

–Vamos papá, mamá. ¡Corred! –animó–. Papá… ¿estás llorando?

–Gracias por el regalo, papá –pensé.