¿Por qué no acabar en el fondo del Tormes? No habÃa nada que se lo impidiera. Estaba seguro de que la depresión que lo tenÃa sometido no se decidirÃa a zambullirse con él en las gélidas aguas del rÃo que discurrÃa a sus pies. Solo un salto, unos centÃmetros que sus pies reducÃan con la calma precisa.
Fue entonces cuando oyó un jadeo apagado. Poco después, el atleta apareció entre la bruma. Fibroso, decidido. Luego, vinieron muchos más y la intimidad del suicidio se convirtió en un desconcierto cómodo.
Instintivamente, sus piernas iniciaron la marcha y él se dejó llevar. Se unió al grupo como si fuera uno más y recorrió el escaso par de kilómetros que quedaban para la meta. Y cuando llegó al final, continuó. Ahora ya no habÃa meta. Solo un nuevo comienzo, un regreso hacia el que esperaba seguir corriendo el resto de su vida.