Cuando era muchacho, corría junto a mi padre.
Él me decía, entre risas:
—¿Te quedó grande la San Silvestre?
Cansado, le respondía:
—Esta vez es mía. Adelántate, que te alcanzo.
Pero me equivoqué: ganó él, mi padre, tu abuelo.
Porque el secreto no está en correr solo,
sino en correr juntos,
mano a mano, paso a paso.
Hoy corro contigo, hijo,
y en cada latido sé que la victoria espera
a quienes no corren por sí mismos,
sino por el vínculo que los une.
—¿Entonces, papá?
¿La victoria será tuya? ¿Y yo la ganaré
cuando, al fin, sea padre y corra junto a mi hijo?
—A procrear se ha dicho —respondió,
con esa sonrisa cómplice que solo entiende el tiempo—,
y seguimos corriendo,
hacia el mismo horizonte.