Teníamos que correr y corrimos. Manuel apretaba desde el comienzo, yo iba a tirones y no dejaba de quejarme. Pero corríamos, y mucho.
Jamás habíamos hecho algo parecido. Nos veíamos ridículos con los dorsales y esas zapatillas de colores, técnicas y horteras. Formábamos parte de una culebra sudorosa, de un ciempiés moderno y ridículo que avanzaba por el Paseo de San Antonio.
El público jaleaba y nos ofrecía bebidas de sabores indescifrables. Los aplausos, la música y los jadeos nos envolvían en una manta de irrealidad.
La satisfacción del corredor era esa, me decían los amigos que habían pasado por esto. La adrenalina, el desafío, el sufrimiento compartido.
Yo buscaba el placer en todo aquello, pero no lo veía. Y no lo encontré hasta llegar a la meta; allí abracé a mi hermano y nos felicitamos por haber cumplido la promesa de un padre que murió viéndonos enfrentados.