Quedó para conocerle en la San Silvestre por fin, después de semanas chateando por la aplicación. Le temblaban las piernas como cuando era adolescente solo con pensar en el encuentro. Se habÃa enamorado. Los dos llevarÃan una braga de color púrpura al cuello. Si no se veÃan entre el gentÃo de la salida, se buscarÃan en la Plaza Mayor, cuando la gente se dispersara. Y allà estaba él, justo en el centro. Era tal y como se lo habÃa imaginado. Morenazo, en forma y sudado. «¿Miguel?», le preguntó con una timidez impostada. Poco más hablaron. Al rato estaban en la ducha juntos. Una ducha que dio paso a una noche mágica, lejos de las redes y muy muy lejos del tal Miguel.