27 DE DICIEMBRE DE 2026

Hay demasiada gente. Demasiado ruido. Demasiados cuerpos rozando el mío en la salida. No debería estar aquí. Llevo meses sin entrenar bien. La rodilla no responde como antes. Tengo cuarenta y nueve años y cada uno pesa.
Empiezo a correr y el miedo se instala en mi pecho, silencioso. No es dramático. Es una certeza fría: voy a fracasar.
Pero entonces algo cambia durante los primeros kilómetros. La rodilla duele, sí, pero aguanta; mi respiración encuentra su ritmo. Las piedras de Salamanca me acompañan, indiferentes, y esa indiferencia me libera.
Nadie está juzgándome excepto yo. El miedo sigue ahí, corriendo a mi lado. Pero ya no me frena. Lo he aceptado como a un compañero incómodo que también merece llegar.
Cruzo la meta.
No he vencido el miedo. He aprendido a correr con él.