Hay demasiada gente. Demasiado ruido. Demasiados cuerpos rozando el mío en la salida. No debería estar aquí. Llevo meses sin entrenar bien. La rodilla no responde como antes. Tengo cuarenta y nueve años y cada uno pesa.
Empiezo a correr y el miedo se instala en mi pecho, silencioso. No es dramático. Es una certeza fría: voy a fracasar.
Pero entonces algo cambia durante los primeros kilómetros. La rodilla duele, sí, pero aguanta; mi respiración encuentra su ritmo. Las piedras de Salamanca me acompañan, indiferentes, y esa indiferencia me libera.
Nadie está juzgándome excepto yo. El miedo sigue ahí, corriendo a mi lado. Pero ya no me frena. Lo he aceptado como a un compañero incómodo que también merece llegar.
Cruzo la meta.
No he vencido el miedo. He aprendido a correr con él.