Un ligero aire helado recorrió mi espalda cuando me posicioné frente a mi respectivo carril, ¡estaba nervioso! Pero una voz interior me dijo que este era mi gran momento y que debÃa estar confiado.
Al comenzar a correr llegó a mis oÃdos el sutil sonido de mis propios latidos y mi respiración, y aunque el lugar estaba abarrotado de gente, por instantes sentà que aquella pista y yo, lo éramos todo en este mundo.
Supe entonces que las largas horas de entrenamiento y el rechazo rotundo a hamburguesas y gaseosas, tendrÃa al fin su recompensa; pues sin importar si llegaba de primero o de último, al cruzar la lÃnea de meta conocerÃa el dulce sabor de la victoria, ¡y aquella sensación de triunfo serÃa por siempre mÃa!